Al menos los policías de esta vez parecían (¿en base a qué podía juzgarlo?) un poco más atentos que quienes lo habían atendido la primera vez que llegó.
Era en otra dependencia, más parecida a un registro civil. Fue junto con ella, como siempre que iba a hacer un trámite: los policías y los burócratas se resistían a hablar inglés (¿o puede que ninguno de ellos realmente supiera?). A veces él solía imaginarse que alguno de ellos hablaba perfecto castellano, que hasta quizá fuera argentino, por qué no.
De todas maneras, las respuestas (usualmente a través del lenguaje corporal) a las preguntas de "Do you speak english?" eran lo suficientemente desalentadoras como para intentar otros idiomas.
Ella también le había rellenado los formularios necesarios para la visa. Casi todo lo que debió escribir eran caracteres que no entendía, excepto por su nombre "Como lo escribe el Registro Civil de su país". Le sorprendió que, pese a la exigencia de escribir todo en idioma oficial, al menos su nombre permanecería el mismo a los efectos legales.
Haber tenido un apellido que comienza con Szcz en Argentina le daba pequeñas complicaciones: tener que deletrearlo cada vez, asegurarse de que esas cuatro primeras consonantes habían sido registradas todas y en orden, pedir que lo deletrearan una vez escrito si hablaba por teléfono, corregir a alguien al ver el nombre incorrecto en la pantalla. Algunas veces en que la molestia era apreciable recordaba que una sola vez había tenido el problema de que se lo escribieran mal, y había sido en un carnet de videoclub, con lo cual el perjuicio había sido mínimo. Por supuesto, revisó el apellido en el formulario una vez que ella lo hubo escrito.
Al momento en que ella escribía la dirección en Argentina, le dio un poco de curiosidad saber cómo se escribía Boyacá (y qué connotación tendría ese nombre para un remoto funcionario de migraciones. Después de todo, hasta para él mismo, fuera de un nombre arbitrario para su calle también ese nombre tenía una connotación nebulosa). Pese a su cavilación instantánea, no le transmitió esa curiosidad a ella. Temía que lo malentendiera, que pensara que él sospechaba algún error, o algo por el estilo.
Aunque la visa fuera concedida, luego de llegar debería buscar la autorización de residencia. Ese paso le parecía totalmente ridículo. ¿Qué pasaba en caso de que no fuera otorgada? ¿Una deportación? Esa duda si se la transmitió a ella, quien le sugirió no preguntarlo en la embajada.
-- Al menos que tengas la duda importante...
-- No, es curiosidad nada más: es solamente que no le veo el sentido.
-- Pero tu país tiene todos trámites con sentido?
Él se rió y ella se encogió de hombros.
Y esa autorización de residencia era, precisamente, lo que habían ido a buscar esa primera vez que tuvo trato con la policía. Él saludó escuetamente asintiendo con la cabeza y ella explicó el motivo de la visita. El policía le dijo (y ella le tradujo) que para entregarle la autorización necesitaba ver el pasaporte. Buscó el sello de la policía de frontera y con el número que tenía estampado buscó en la computadora los datos de la autorización de residencia.
La autorización, efectivamente, había llegado, y estaba en el fichero de más a la izquierda. El policía casi no tardó en encontrarla.
Cuando les extendió la autorización, ella le apretó el antebrazo derecho con una emoción feliz: emoción a todas luces irracional porque ellos entendían esa autorización como un trámite vacío, que no podía terminar de otra manera. Pero así eran aquellos días, cualquier suceso conveniente, esperado o no, era una señal de que las cosas andarían bien (lo que demuestra que en el fondo tenían mucho miedo de que las cosas pudieran ir mal).
Por supuesto, lo primero que él vio al leer la autorización fue su apellido sin la primera z. Pensó que "Alberto", por lo menos, estaba bien. Previsor como era, había fotocopiado el formulario de la visa antes de dejarlo en la embajada, con lo cual tenía copia de que en su momento se lo había escrito correctamente. Ella le señaló la incoherencia al oficial, y mirando a Alberto con la fijeza que no admite respuestas, le dijo con el mismo tono de solución lo que el oficial le había dicho a ella: "que acá este es el nombre como lo tenés que escribir".
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