lunes, 3 de octubre de 2664

La garantía

Y ése, así, con una zeta de menos, era el apellido que escribía, entre otros formularios, en el "de garantías".

Cada vez que lo hacía pensaba en su bisabuelo, inmigrante a quien también le habían cambiado el apellido en el puerto. Alberto no sabía cuál había sido ese cambio (¿le habrían agregado una zeta quizás?) y se imaginaba que ese desconocido y remoto había sentido lo mismo al tener que escribir un apellido erróneo durante el resto de sus días.

La historia de su bisabuelo disipó algo de la intranquilidad inicial después de ver su nombre mal escrito en la autorización de residencia. A ella no pareció afectarla en nada.

Sólo lo mencionó la primera vez que fueron a llenar el formulario de garantías, al recordarle que debía escribir el apellido como figuraba en la autorización de residencia. Eso él ya lo tenía bien presente ya que había llenado varios formularios en el trabajo, preguntando para cada uno de ellos cuál de las grafías usar (la respuesta era invariable).

Se enteró del requisito de las garantías en el avión. Ella se lo comentó como al pasar. Si bien a él no le resultaba un problema en absoluto, se dijo que quizás para otros podía ser un problema no saberlo. Pero inmediatamente recordó un documento traducido al francés (por rencores históricos, el inglés no se usaba en absoluto para todo lo que fuera provisto por el estado) que otro candidato probablemente se tomaría el trabajo de leer o hacer traducir, y que por supuesto él le dio a leer a ella en su idioma original. Para entregarlo, firmó la copia en francés, pensando que era más verosímil que la hubiera leído. Para el caso en que hubiera hecho falta, recordaba alguna vez haber adivinado el significado de textos en francés por la similitud del vocabulario con el castellano. Como ella podía leer el original, no se tomó ese trabajo.

Ella sabía, por parientes en situaciones similares, que el formulario de garantías era una formalidad vacía. De hecho, había una conciencia generalizada de que era un requisito obsoleto y hasta un tanto denigrante. Algunos proyectos para cambiar la regulación se habían presentado, pero siempre había cosas más urgentes.

Cada extranjero que deseara permanecer en el país por más de tres meses debía tener un ciudadano como garante. Éste debía consentir la residencia del extranjero en un sencillo acto mensual: presentarse en una oficina de policía y firmar ambos un formulario, que era refrendado por el jefe de la oficina en el reverso. El trámite era simplísimo: fuera de la fecha y un número de serie, el formulario no tenía otros datos que los nombres.

Y eso era todo.

Y lo habían hecho ya seis veces (nunca habían tardado más de quince minutos), y el policía aparentemente se acordaba de Alberto. El recuerdo no era recíproco: para Alberto todas las caras eran vacías, y rara vez reconocía a alguien. Pero el policía también recordaba que ellos llegaban por separado (venían de sus respectivos trabajos) por lo que le extendió el formulario para que fuera llenando su parte. A Alberto le pareció normal: no había muchas parejas de nativas con extranjeros y debían resultar memorables.

A diferencia de la primera vez, Alberto sabía dónde iban su nombre y su apellido: reprimió una vez más el instinto de escribir la zeta sobrafaltante, firmó y le devolvió el formulario al policía.

Diligente, el policía llamó al jefe de oficina, y le dio el papel por el reverso. Una vez que lo hubo firmado, sin intención, el jefe lo dio vuelta; ya había apoyado el formulario sobre el mostrador cuando vio de reojo el anverso. Mostró una cara de sorpresa desagradable y se dirigió con algo de cólera a su dependiente, que estaba algunos pasos más atrás. El dependiente hablaba en ese tono agudo ondulante (aparentemente universal) de excusa, en algún momento señaló a Alberto, y se encogió de hombros varias veces durante su corta explicación.

El jefe tardó un par de segundos en hacer el mismo gesto (una sola vez, como con desgano), y fue entonces que el policía volvió al mostrador y le señaló a Alberto las sillas donde podía esperar.

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