lunes, 1 de octubre de 2666

Los diarios

Lo único que podía hacer para aliviar su espera era hojear el diario en la mesita entre las dos sillas.

Por supuesto, él no podía entender nada de lo que decía.

Ni siquiera las fotos lo ayudaban a darse una idea. Alguna vez ella le había contado de qué se trataban las noticias de algún diario que había encontrado en la calle, y la relación de las fotografías con las notas le había resultado peculiar. Una foto de una mujer sonriente podía ser una noticia de esa mujer asesinada, una nota sobre las adicciones, o sobre una historia con final sonriente relacionada a algún tema de actualidad (por ejemplo, el divorcio). Una foto de un parque soleado, con cisnes en los lagos, podía ilustrar un asesinato masivo cometido en ese parque. Recordaba la foto de un hombre sentado con la cabeza entre las manos, en una noticia sobre su último éxito, eligiendo esa foto como muestra de épocas peores en las que problemas con su mánager habían terminado por enfrentarlo a la ley.

Para matar el tiempo, se dedicó a un ejercicio que ya había hecho un par de veces: mirar las fotografías en detalle y tratar de imaginar cuál era la noticia. Mantenía la vista en la fotos, como si la fijación aportara inconscientemente más elementos a la historia.

Estuvo entre quince y cincuenta minutos con cada foto. Las historias eran elaboradas y a veces mentalmente repasaba sus detalles y cambiaba alguno. Un par de veces volvió a historias que ya había cerrado, por ideas nuevas que se la habían ocurrido mirando la nueva foto, o por inconsistencias que de repente se le aparecían.

Tardó más tiempo con aquellas fotos que no tenían demasiados elementos: una joven mirando hacia arriba con la cabeza ladeada hacia la derecha y una sonrisa anhelante le llevó cuarenta minutos; con un perro enfocado en picado estuvo casi cincuenta.

El perro había salvado a una pareja de ancianos, alertando sobre la presencia de unos ladrones violentos, que habían asesinado a varias víctimas. Gracias al aviso, tuvieron tiempo de salir por una puerta lateral y correr varios metros hasta la casa de un vecino. Ahí pudieron contactarse con la policía, que finalmente pudo encarcelarlos e identificarlos como los autores de los otros crímenes. Lo que la noticia no decía era que, evidentemente, habían sido muchas las noches que los ancianos se habían levantado de la cama presurosos buscando la salida ya que las falsas alarmas serían, en el caso de un perro, bastante frecuentes. Con lo cual la historia cobraba un interés adicional: era la historia de dos viejos que se levantaban (¿y molestaban a los vecinos?) cada vez que el perro ladraba, hasta que una vez efectivamente estuvieron en peligro. No faltaban detalles sobre la vida del viejo, un ex-empleado administrativo que contaba sus problemas para vivir con la jubilación y agradecía a su hijo por la ayuda. Su mujer, aparte de otros discursos optimistas, agradecía a la vida y a su mascota por haberles dado otra oportunidad.

La joven de la sonrisa anhelante estaba por estrenar una obra de teatro inusual para esa región del país. En la nota hablaba sobre los temores a una falta de público o a una reacción del sector más ortodoxo. De todas maneras, se mostraba confiada en que cierto de sector de la población apoyaría la obra asistiendo, y contaba que la difusión de la misma había despertado reacciones entusiastas. La aparición de un personaje homosexual no era el único tema polémico en la obra: había también un tratamiento de las drogas recreativas que, si bien no era incitador, tampoco tenía nada de condenatorio; los discursos provocativos de un personaje ateo no ayudaban, aunque el ateo fuera refutado y ridiculizado al final de la obra.

Un hombre maduro y uno casi senil eran entrevistador y entrevistado: la nota detallaba, como si lo hiciera con cariño, las veces que el entrevistado preguntaba qué era lo que había empezado a contar; explicitaba que ciertos hilos de la conversación habían quedado sueltos; refería las sugerencias (muchas veces inexactas) con las que el entrevistador pretendía ayudar a la memoria.

Un foto del edificio del Ministerio de Economía (el cual se veía desde la ventana de su oficina) era sobre la reparación de la calle principal, que él había visto siempre en obras desde que había llegado. La nota hablaba sobre los pronósticos de la finalización, que se extendía de manera preocupante, y enumeraba los problemas causados por la interrupción del tránsito, por el ruido, la emisión de humo, las vibraciones. Algunos problemas no habían sido previstos y resultaban en situaciones ridículas.

Entre historia e historia, miraba el reloj, y dedicaba algunos segundos a adivinar el ánimo de los policías. Un par de veces, cuando se iba acercando la hora límite, sus ojos se encontraron los de un agente. Éste se encogió de hombros y se dio la vuelta. A medida que se hacía tarde, notaba que los agentes hablaban y que lo señalaron en un par de ocasiones.

Él seguía esperando porque ella iba a venir.

Seguro.

No podía ser tan pelotuda.

lunes, 2 de octubre de 2665

El nombre en los papeles

Al menos los policías de esta vez parecían (¿en base a qué podía juzgarlo?) un poco más atentos que quienes lo habían atendido la primera vez que llegó.

Era en otra dependencia, más parecida a un registro civil. Fue junto con ella, como siempre que iba a hacer un trámite: los policías y los burócratas se resistían a hablar inglés (¿o puede que ninguno de ellos realmente supiera?). A veces él solía imaginarse que alguno de ellos hablaba perfecto castellano, que hasta quizá fuera argentino, por qué no.

De todas maneras, las respuestas (usualmente a través del lenguaje corporal) a las preguntas de "Do you speak english?" eran lo suficientemente desalentadoras como para intentar otros idiomas.

Ella también le había rellenado los formularios necesarios para la visa. Casi todo lo que debió escribir eran caracteres que no entendía, excepto por su nombre "Como lo escribe el Registro Civil de su país". Le sorprendió que, pese a la exigencia de escribir todo en idioma oficial, al menos su nombre permanecería el mismo a los efectos legales.

Haber tenido un apellido que comienza con Szcz en Argentina le daba pequeñas complicaciones: tener que deletrearlo cada vez, asegurarse de que esas cuatro primeras consonantes habían sido registradas todas y en orden, pedir que lo deletrearan una vez escrito si hablaba por teléfono, corregir a alguien al ver el nombre incorrecto en la pantalla. Algunas veces en que la molestia era apreciable recordaba que una sola vez había tenido el problema de que se lo escribieran mal, y había sido en un carnet de videoclub, con lo cual el perjuicio había sido mínimo. Por supuesto, revisó el apellido en el formulario una vez que ella lo hubo escrito.

Al momento en que ella escribía la dirección en Argentina, le dio un poco de curiosidad saber cómo se escribía Boyacá (y qué connotación tendría ese nombre para un remoto funcionario de migraciones. Después de todo, hasta para él mismo, fuera de un nombre arbitrario para su calle también ese nombre tenía una connotación nebulosa). Pese a su cavilación instantánea, no le transmitió esa curiosidad a ella. Temía que lo malentendiera, que pensara que él sospechaba algún error, o algo por el estilo.

Aunque la visa fuera concedida, luego de llegar debería buscar la autorización de residencia. Ese paso le parecía totalmente ridículo. ¿Qué pasaba en caso de que no fuera otorgada? ¿Una deportación? Esa duda si se la transmitió a ella, quien le sugirió no preguntarlo en la embajada.

-- Al menos que tengas la duda importante...
-- No, es curiosidad nada más: es solamente que no le veo el sentido.
-- Pero tu país tiene todos trámites con sentido?

Él se rió y ella se encogió de hombros.

Y esa autorización de residencia era, precisamente, lo que habían ido a buscar esa primera vez que tuvo trato con la policía. Él saludó escuetamente asintiendo con la cabeza y ella explicó el motivo de la visita. El policía le dijo (y ella le tradujo) que para entregarle la autorización necesitaba ver el pasaporte. Buscó el sello de la policía de frontera y con el número que tenía estampado buscó en la computadora los datos de la autorización de residencia.

La autorización, efectivamente, había llegado, y estaba en el fichero de más a la izquierda. El policía casi no tardó en encontrarla.

Cuando les extendió la autorización, ella le apretó el antebrazo derecho con una emoción feliz: emoción a todas luces irracional porque ellos entendían esa autorización como un trámite vacío, que no podía terminar de otra manera. Pero así eran aquellos días, cualquier suceso conveniente, esperado o no, era una señal de que las cosas andarían bien (lo que demuestra que en el fondo tenían mucho miedo de que las cosas pudieran ir mal).

Por supuesto, lo primero que él vio al leer la autorización fue su apellido sin la primera z. Pensó que "Alberto", por lo menos, estaba bien. Previsor como era, había fotocopiado el formulario de la visa antes de dejarlo en la embajada, con lo cual tenía copia de que en su momento se lo había escrito correctamente. Ella le señaló la incoherencia al oficial, y mirando a Alberto con la fijeza que no admite respuestas, le dijo con el mismo tono de solución lo que el oficial le había dicho a ella: "que acá este es el nombre como lo tenés que escribir".

lunes, 3 de octubre de 2664

La garantía

Y ése, así, con una zeta de menos, era el apellido que escribía, entre otros formularios, en el "de garantías".

Cada vez que lo hacía pensaba en su bisabuelo, inmigrante a quien también le habían cambiado el apellido en el puerto. Alberto no sabía cuál había sido ese cambio (¿le habrían agregado una zeta quizás?) y se imaginaba que ese desconocido y remoto había sentido lo mismo al tener que escribir un apellido erróneo durante el resto de sus días.

La historia de su bisabuelo disipó algo de la intranquilidad inicial después de ver su nombre mal escrito en la autorización de residencia. A ella no pareció afectarla en nada.

Sólo lo mencionó la primera vez que fueron a llenar el formulario de garantías, al recordarle que debía escribir el apellido como figuraba en la autorización de residencia. Eso él ya lo tenía bien presente ya que había llenado varios formularios en el trabajo, preguntando para cada uno de ellos cuál de las grafías usar (la respuesta era invariable).

Se enteró del requisito de las garantías en el avión. Ella se lo comentó como al pasar. Si bien a él no le resultaba un problema en absoluto, se dijo que quizás para otros podía ser un problema no saberlo. Pero inmediatamente recordó un documento traducido al francés (por rencores históricos, el inglés no se usaba en absoluto para todo lo que fuera provisto por el estado) que otro candidato probablemente se tomaría el trabajo de leer o hacer traducir, y que por supuesto él le dio a leer a ella en su idioma original. Para entregarlo, firmó la copia en francés, pensando que era más verosímil que la hubiera leído. Para el caso en que hubiera hecho falta, recordaba alguna vez haber adivinado el significado de textos en francés por la similitud del vocabulario con el castellano. Como ella podía leer el original, no se tomó ese trabajo.

Ella sabía, por parientes en situaciones similares, que el formulario de garantías era una formalidad vacía. De hecho, había una conciencia generalizada de que era un requisito obsoleto y hasta un tanto denigrante. Algunos proyectos para cambiar la regulación se habían presentado, pero siempre había cosas más urgentes.

Cada extranjero que deseara permanecer en el país por más de tres meses debía tener un ciudadano como garante. Éste debía consentir la residencia del extranjero en un sencillo acto mensual: presentarse en una oficina de policía y firmar ambos un formulario, que era refrendado por el jefe de la oficina en el reverso. El trámite era simplísimo: fuera de la fecha y un número de serie, el formulario no tenía otros datos que los nombres.

Y eso era todo.

Y lo habían hecho ya seis veces (nunca habían tardado más de quince minutos), y el policía aparentemente se acordaba de Alberto. El recuerdo no era recíproco: para Alberto todas las caras eran vacías, y rara vez reconocía a alguien. Pero el policía también recordaba que ellos llegaban por separado (venían de sus respectivos trabajos) por lo que le extendió el formulario para que fuera llenando su parte. A Alberto le pareció normal: no había muchas parejas de nativas con extranjeros y debían resultar memorables.

A diferencia de la primera vez, Alberto sabía dónde iban su nombre y su apellido: reprimió una vez más el instinto de escribir la zeta sobrafaltante, firmó y le devolvió el formulario al policía.

Diligente, el policía llamó al jefe de oficina, y le dio el papel por el reverso. Una vez que lo hubo firmado, sin intención, el jefe lo dio vuelta; ya había apoyado el formulario sobre el mostrador cuando vio de reojo el anverso. Mostró una cara de sorpresa desagradable y se dirigió con algo de cólera a su dependiente, que estaba algunos pasos más atrás. El dependiente hablaba en ese tono agudo ondulante (aparentemente universal) de excusa, en algún momento señaló a Alberto, y se encogió de hombros varias veces durante su corta explicación.

El jefe tardó un par de segundos en hacer el mismo gesto (una sola vez, como con desgano), y fue entonces que el policía volvió al mostrador y le señaló a Alberto las sillas donde podía esperar.

domingo, 4 de octubre de 2663

Sus (casi) amigos

No era, ciertamente, un hombre de pocos amigos. En Alemania, siendo las diferencias culturales mucho menores, había hecho varios amigos en poco tiempo.

Desde que había llegado, el pésimo nivel de inglés de la mayoría (que, con suerte, había tenido francés en el colegio) lo alejaba de cualquier posibilidad de conversación.

En una reunión de trabajo lo había conocido a Gach (así hubiera arriesgado a escribir su nombre Alberto, tal cual lo pronunciaba) quien tenía un nivel de inglés aceptable. Había aprendido solo; lo había motivado entender lo que decían sus ídolos metaleros. De hecho, a Alberto le llamaba la atención la utilización desproporcionada de palabras relacionadas con aspectos religiosos o esotéricos. No era, claro, que Gach soliera hablar de esos temas. Simplemente, el hecho de que su vocabulario se hubiera formado en ese ambiente le introducía una leve pero muy notoria tendencia a utilizar esas palabras más de lo normal.

Sus compañeros de trabajo (salvo por Gach, con quien no tenía mucha interacción laboral) eran extremadamente cerrados. Gach le comentaría que eso era usual en ámbitos de trabajo calificado, donde además debía cuidarse de la competencia.

En un bar lo habían conocido a Tesé. Su nivel de inglés era muy pobre y solía desatender la conversación cuando se cansaba o cuando Alberto y Gach comenzaban a hablar con más fluidez. Quizás fue eso lo que lo distanció: lo cierto es que Alberto no lo había visto en el último mes, y los dos meses antes de eso lo veía a lo sumo una vez por semana.

También puede que Alberto y Gach hablaran mucho de fútbol. Tesé, si bien miraba los partidos que prometían un buen espectáculo, no tenía demasiado interés ni en el fútbol ni en otro deporte en especial, y menos que menos en la calidad futbolística o en los sucesos extra-futbolísticos de los jugadores.

Alberto y Gach, por el contrario, profesaban ese sentimiento universalmente desperdigado del fútbol como religión. Debatían sobre afirmaciones incontrastables como que si Sandrino era la habilidad y Moyé la inteligencia o viceversa, tal como dos escolásticos del siglo XII pudieron discutir en los mismos términos sobre la piedad y la compasión de dos santos.

Las discusiones solía ganarlas Alberto, obviamente, debido a su mejor nivel de inglés. Amañaba recovecos retóricos que Gach trataba de contrarrestar con palabras escogidas, de las cuales podría recordar el verso preciso que (junto con un diccionario de procedencia remota) se las había enseñado.

Moyé había sido más abierto, en un principio, a intercambiar relatos sobre las costumbres de sus países. Eso le pareció inusual a Alberto, siendo que hasta Felém se resistía amablemente a hablar de su país (como luego también Gach) aún cuando ya llevaban meses saliendo juntos. Alberto lo entendía como una vergüenza a mostrarse abiertamente, temerosos quizás de la comparación, o sintiéndose cercanos a ciertos rasgos primitivos de los que no estaban orgullosos.

Sea como fuere, no hubiera podido pedirles plata prestada ni a Gach ni a Moyé. Alguna vez pensó en qué grado de amistad los unía y llegó a esa conclusión. También imaginó que le daría mucha vergüenza si por fuerza necesitara pedirles prestado si alguna vez no le aceptaran la tarjeta y anduviera sin efectivo (lo cual le había pasado sobremanera en Argentina y se cuidaba muy bien de que le pasara afuera).

Con Gach se podía juntar a ver un partido y tomar una cerveza. Últimamente, también, aprender un poco más sobre el país en que vivía, visto desde una óptica masculina. A Moyé también podía escucharle sus relatos locales, y le resultaban un poco más pintorescas.

Eso eran ellos para él y nada más.

Alguna vez los comparó con los alemanes, y con los que había conocido en Argentina en los últimos años de la universidad. Después de todo, los únicos a los que podía pedirles plata tranquilo eran los amigos del barrio.