domingo, 4 de octubre de 2663

Sus (casi) amigos

No era, ciertamente, un hombre de pocos amigos. En Alemania, siendo las diferencias culturales mucho menores, había hecho varios amigos en poco tiempo.

Desde que había llegado, el pésimo nivel de inglés de la mayoría (que, con suerte, había tenido francés en el colegio) lo alejaba de cualquier posibilidad de conversación.

En una reunión de trabajo lo había conocido a Gach (así hubiera arriesgado a escribir su nombre Alberto, tal cual lo pronunciaba) quien tenía un nivel de inglés aceptable. Había aprendido solo; lo había motivado entender lo que decían sus ídolos metaleros. De hecho, a Alberto le llamaba la atención la utilización desproporcionada de palabras relacionadas con aspectos religiosos o esotéricos. No era, claro, que Gach soliera hablar de esos temas. Simplemente, el hecho de que su vocabulario se hubiera formado en ese ambiente le introducía una leve pero muy notoria tendencia a utilizar esas palabras más de lo normal.

Sus compañeros de trabajo (salvo por Gach, con quien no tenía mucha interacción laboral) eran extremadamente cerrados. Gach le comentaría que eso era usual en ámbitos de trabajo calificado, donde además debía cuidarse de la competencia.

En un bar lo habían conocido a Tesé. Su nivel de inglés era muy pobre y solía desatender la conversación cuando se cansaba o cuando Alberto y Gach comenzaban a hablar con más fluidez. Quizás fue eso lo que lo distanció: lo cierto es que Alberto no lo había visto en el último mes, y los dos meses antes de eso lo veía a lo sumo una vez por semana.

También puede que Alberto y Gach hablaran mucho de fútbol. Tesé, si bien miraba los partidos que prometían un buen espectáculo, no tenía demasiado interés ni en el fútbol ni en otro deporte en especial, y menos que menos en la calidad futbolística o en los sucesos extra-futbolísticos de los jugadores.

Alberto y Gach, por el contrario, profesaban ese sentimiento universalmente desperdigado del fútbol como religión. Debatían sobre afirmaciones incontrastables como que si Sandrino era la habilidad y Moyé la inteligencia o viceversa, tal como dos escolásticos del siglo XII pudieron discutir en los mismos términos sobre la piedad y la compasión de dos santos.

Las discusiones solía ganarlas Alberto, obviamente, debido a su mejor nivel de inglés. Amañaba recovecos retóricos que Gach trataba de contrarrestar con palabras escogidas, de las cuales podría recordar el verso preciso que (junto con un diccionario de procedencia remota) se las había enseñado.

Moyé había sido más abierto, en un principio, a intercambiar relatos sobre las costumbres de sus países. Eso le pareció inusual a Alberto, siendo que hasta Felém se resistía amablemente a hablar de su país (como luego también Gach) aún cuando ya llevaban meses saliendo juntos. Alberto lo entendía como una vergüenza a mostrarse abiertamente, temerosos quizás de la comparación, o sintiéndose cercanos a ciertos rasgos primitivos de los que no estaban orgullosos.

Sea como fuere, no hubiera podido pedirles plata prestada ni a Gach ni a Moyé. Alguna vez pensó en qué grado de amistad los unía y llegó a esa conclusión. También imaginó que le daría mucha vergüenza si por fuerza necesitara pedirles prestado si alguna vez no le aceptaran la tarjeta y anduviera sin efectivo (lo cual le había pasado sobremanera en Argentina y se cuidaba muy bien de que le pasara afuera).

Con Gach se podía juntar a ver un partido y tomar una cerveza. Últimamente, también, aprender un poco más sobre el país en que vivía, visto desde una óptica masculina. A Moyé también podía escucharle sus relatos locales, y le resultaban un poco más pintorescas.

Eso eran ellos para él y nada más.

Alguna vez los comparó con los alemanes, y con los que había conocido en Argentina en los últimos años de la universidad. Después de todo, los únicos a los que podía pedirles plata tranquilo eran los amigos del barrio.